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Técnicas educativas de los niños en la familia I

Introducción a los métodos educativos

Analizaremos en este apartado las conductas más adecuadas para ser empleadas si queremos encauzar el comportamiento de los chicos y chicas.

En primer término valoraremos el efecto de los castigos. Las conductas que suponen un castigo son empleadas muy  frecuentemente por todos los padres del mundo a la hora de educar a sus hijos.


Castigo

Entendemos como castigo cualquier acción que implique mostrar descontento con los comportamientos de alguien. Por lo tanto cuando hablamos de castigo no nos referimos necesariamente a los castigos físicos. De hecho son muy numerosas las conductas que entran dentro de la categoría de actos de castigo. Los  castigos más habituales son los que suponen una descarga momentánea: gritar, reñir, inculpar,  poner mala cara, etc.


¿Por qué las conductas de castigo son tan frecuentes? Veámoslo:

. Los padres castigan con frecuencia, porque el efecto inmediato de los castigos es muy bueno. Generalmente los niños obedecen y dejan de hacer "fechorías" en el mismo momento en que se les grita,  amenaza o pega. Es probable que estuvieran sin hacer caso de las advertencias efectuadas en tono de voz normal, o que estuviesen incumpliendo una orden, y que apenas se les gritó o amenazó hiciesen lo que se les mandaba.

. Pero  sucede que el efecto de los castigos es momentáneo. Por lo general, los padres que castigan a sus hijos se quejan de que el niño no aprende por más que lo castigan, y que deben castigarle una y otra vez. "Por más que le castigo sigue con su mal comportamiento" y "No tengo más remedio que acabar castigándole cada día" son frases que estamos acostumbrados a oír.

. Esto es así porque EL CASTIGO NO GRABA CONDUCTAS. Un castigo es un factor que permite que una conducta disminuya de frecuencia MIENTRAS SE APLICA el CASTIGO, pero que, de la misma manera, hace que la conducta indeseada AUMENTE CUANDO EL CASTIGO CESA.

. Cuanto estamos diciendo es importantísimo para explicar los mecanismos por los cuales se aprenden normas de conducta. Un ejemplo sangrante de lo que venimos diciendo es el efecto de las cárceles. El castigo carcelario sirve para que los malhechores no cometan delitos contra la sociedad MIENTRAS ESTÁN EN LA CÁRCEL. Pero de todos es sabido que los maleantes no salen de la cárcel hechos precisamente unos angelitos del Señor, y que es más que probable que nuevamente cometan transgresiones tan pronto como se crean en condiciones de hacerlo.

. Con relación al castigo (a cualquier castigo) se producen seis hechos inexorables:

. Como que el efecto es momentáneo, la conducta castigada se presentará nuevamente, en uno u otro momento.

. Como que los padres notan que el castigo surte efecto en el momento en que lo aplican, se  sienten "recompensados" y tienden a castigar... cada vez más, y cada vez con mayor energía, pero con igual inutilidad en cuanto a resultados a medio o largo plazo.

. El niño va aprendiendo a hacer cada vez mejor sus travesuras (aprendiendo a ocultarlas); no   mejora su conducta, pero aprende a evitar el castigo. Lo mismo sucede en los malhechores que, en   sus periodos carcelarios, aprovechan para "doctorarse" en delito y aprender a cometer mejor sus  desmanes, para que no les echen el guante.

. De la misma forma, el niño va haciéndose insensible a los castigos (como un mecanismo de defensa ante ellos). ¡Cuántos padres comentan que el niño parece tomar a broma los castigos!   Y no es que el niño los tome exactamente a broma, sino que intenta demostrar a quienes le castigan que por ahí no van las cosas. En el fondo tiene razón; pero quienes le castigan, muchas  veces, no vislumbran mejor solución que aumentarle el grado de los castigos "a ver si aprende de una vez". Sin tener en cuenta que el castigo no hace aprender nada, de nada, de nada, excepto en cuanto al hecho de que quien los sufre aprende a escabullirse de ellos.

. Sean o no físicos los castigos, estamos induciendo un aumento de la agresividad de los niños. Les damos un ejemplo de que "cuando estamos enfadados con alguien, es bueno ir contra él" lo cual provocará indudables derivaciones indeseables.  Recordemos que hay castigos   "morales" (culpabilidad por ejemplo) que pueden hacer tanto o más daño que un castigo físico,   provocando una mayor agresividad en el niño/a.  

. Se deterioran las relaciones entre padres e hijos. Este hecho, que puede ser poco evidente en   niños pequeños, será la causa de gran cantidad de las llamadas "crisis de adolescencia". No   olvidemos que en la adolescencia "los niños nos devuelven aquello que les hemos dado". Si les   hemos sometido a técnicas de disciplina mediante castigos (en lugar de enseñarles a conseguir una autodisciplina) en la adolescencia van a aprovechar para "devolvernos la pelota" y envolvernos en disputas, peleas, o conductas peores...

¿Cuáles son las conductas adecuadas para ser empleadas en lugar de los castigos?  Consideraremos ahora las técnicas para conseguir que los niños dejen de hacer actos inadecuados, sin tener que recurrir al castigo.

Lo que nos interesa es que aprendan nuevas pautas de comportamiento, de manera que a la larga varíen su conducta de acuerdo con nuestros deseos. Por lo tanto, deberemos olvidarnos del efecto momentáneo (el único que obtenemos con los castigos) y nos centraremos en buscar efectos duraderos a largo plazo.


Políticas de recompensa

Son las técnicas que nos van a servir para este objetivo de conseguir efectos estables.  En esta vida, todos los humanos tendemos a realizar aquellas cosas en las que hallamos una compensación, en tanto que evitamos aquéllas que nos suponen un esfuerzo o una dificultad no compensada. Si nos molestamos en recompensar las conductas de nuestros  hijos que queremos ver "implantadas", lograremos que tales conductas representen para ellos algo satisfactorio, que les depara compensaciones.

Las leyes que rigen el aprendizaje humano son inexorables. En esta vida aprendemos a realizar aquellos comportamientos que nos rinden algún beneficio, sea este material, moral o neurótico. Con nuestros hijos sucede exactamente igual: aprenden a realizar aquellos comportamientos que les deparan alguna compensación o, lo que es lo mismo, que les sirven para algo. Teniendo en cuenta que nosotros monitorizamos el aprendizaje del comportamiento de nuestros hijos (o que deberíamos hacerlo), tenemos en nuestras manos conseguir que nuestros hijos aprendan uno u otro comportamiento, interioricen unas u otras normas. Pero para ello, debemos conseguir que el aprendizaje de tal o tal conducta, vaya a depararles un beneficio. En otras palabras: aprenderán lo que nosotros sepamos recompensar.

El principal obstáculo para que nuestros hijos desarrollen unos comportamientos adecuados, está en nosotros mismos y en nuestro modo de compensar sus conductas. Por ejemplo:

. Queremos hijos autónomos, que tomen decisiones por su cuenta y que sepan responder adecuadamente a las demandas que la vida les plantea. En cambio, castigamos sus iniciativas si no están de acuerdo con nuestra particular manera de ver la vida; les reñimos si hacen cosas sin consultarnos o si actúan sin pedirnos permiso. ¿La consecuencia? Que nuestros hijos prefieren ser dependientes porque les supone mucho menor riesgo.  

. Queremos que nuestros hijos tengan ilusión por hacer los trabajos escolares y que no tengamos que acuciarles para que estudien, hagan sus problemas... etc. En cambio, no comprobamos fehacientemente la pertinencia de los planes de estudios a que están sometidos, ni la capacitación de los docentes que los imparten. ¿El resultado?  Una tasa de FRACASO ESCOLAR que se halla entre las más altas del mundo. Hoy en día nadie enrojece al presentar cifras de fracaso escolar por encima del 30 % (¡o del 60 % para bachillerato!). Y, sin embargo, tales cifras nos obligan a pensar que "algo huele mal" en la planificación de la educación.

. Queremos que nuestros hijos no lloren, ni griten, ni hagan pataletas, ni se pongan tozudos cuando quieren salirse con la suya en un tema que no es de recibo. En cambio, acostumbramos a darles lo que quieren "para que se callen y nos dejen tranquilos". ¿El resultado? Los niños cada vez gritan más, lloran más y patalean más, porque aprenden que es un método interesante para llegar a salirse con la suya.

. Queremos unos hijos autoafirmados, seguros de sí mismos, satisfechos, audaces. Pero les recordamos constantemente que son unos pesados, que nos molestan, que por su culpa estamos todos nerviosos, que deben consultar antes de hacer algo, que no hay que correr riesgos, que los niños deben hacer únicamente lo que mandan los mayores, que deben callarse cuando los mayores hablan. En consecuencia obtenemos niños dependientes, con dificultades para afrontar problemas o para poner en marcha sus propios recursos.

. Queremos que sean independientes, pero les acostumbramos a esperar la aprobación de los demás y les exigimos que su comportamiento sea tal que todo el mundo les quiera. El resultado es que conseguimos unos hijos dependientes, pasivos, que no se atreven a hacer nada si no tienen toda la seguridad de que van a hacerlo bien (con lo cual, cada vez hacen menos cosas). Buscan aprobación y beneplácito, sin darse cuenta que es imposible que todo el mundo les acepte en cada momento, y sintiéndose desgraciados por no conseguirlo.

. Queremos que nuestros hijos emprendan cosas, afronten obstáculos, se esfuercen por luchar. En cambio premiamos únicamente el éxito y les exigimos perfección en todo aquello que hagan sin pensar que el fracaso es algo inherente a la naturaleza humana, y que es imposible ser irremisiblemente perfecto. El resultado es una mala tolerancia a las frustraciones y poca capacidad para tomar decisiones o para asumir riesgos.

En todos los casos, los niños no se portan mal por ignorancia, o por desidia, o por maldad. Se comportan tal como el sistema de recompensas existente les ha enseñado a comportarse. Dadas las circunstancias es muy posible que nosotros  nos comportásemos exactamente igual que ellos si nos pusiéramos en su lugar.

Analicemos nuestra propia actuación. ¿No es posible que hayamos caído más de una vez en algunos de los siguientes errores?

. Necesitamos mejores resultados, pero no controlamos el trabajo diario con una política de objetivos. Prometemos al niño un premio si "aprueba a final de curso", pero no comprobamos los resultados de sus esfuerzos diarios, recompensándolos debidamente.

. Demandamos un ambiente de armonía entre nuestros hijos, pero "prestamos atención" (es decir, recompensamos) a los que chillan más para pedir cosas o a los que se muestran más celosos, de acuerdo con el principio de que "quien no llora no mama".

. Exigimos un trabajo cooperativo, pero al final alabamos a quien más se ha lucido y olvidamos a los demás.

. Exigimos creatividad y brillantez, pero penalizamos a los que corren riesgos, y recompensamos a los rutinarios que siguen las pautas de siempre al pie de la letra.

. Aconsejamos a los niños independencia de criterios en sus trabajos, pero reprimimos a quienes osan discrepar y discutir nuestras ideas.

La mejor solución para mejorar las conductas de nuestros hijos es establecer la relación adecuada entre el rendimiento y la recompensa. El éxito, debe medirse en términos de comportamiento. Si recompensamos el comportamiento correcto, obtendremos el resultado correcto. Dejemos  de hacerlo, y obtendremos resultados imprevisibles, cuando no contraproducentes


¿Qué es una recompensa?

De entrada definiremos lo que es una recompensa: es cualquier contingencia que permitirá aumentar la frecuencia del comportamiento al cual lo apliquemos. Se espera que una conducta recompensada aumente de frecuencia. Si lo hacemos bien, y recompensamos las conductas de  que nos interesan, lograremos que dichas conductas aumenten de frecuencia.

Si recompensamos adecuadamente las conductas que queremos ver reproducidas, no tendremos que molestarnos en castigar las conductas que nos estorban.


¿Cuáles son las recompensas que suelen dar mejor fruto?

Muchos padres suelen asociar la idea de recompensa a la de un "bien material". Pero, en la realidad, las recompensas más eficaces son las más inmateriales: el elogio, la atención, el afecto, la compañía, suelen ser las más económicas y rentables.

Cabe decir que el hecho de que "algo" pueda ser o no recompensa, dependerá de la especial motivación de cada niño, la cual puede variar de un momento a otro. No podemos esperar que la misma cosa sirva de recompensa a  en cada ocasión, ni que sea la misma que  sirva para otros niños. Pero, en general, las que hemos citado suelen tener una atracción prácticamente universal. El elogio es particularmente interesante, porque además sirve para reforzar la seguridad en uno mismo. el niño puede aumentar la confianza en sus posibilidades si ve que sus comportamientos son valorados positivamente.

Otro punto a tener en cuenta es "¿Qué debemos recompensar exactamente? ¿Podemos cometer errores al dar una recompensa? La respuesta es sí. Debemos examinar cuidadosamente qué estamos recompensando, y para ello debemos ver qué es lo que el niño considera  que le recompensan. A veces creemos que estamos educando de una  manera, pero lo que estamos haciendo es recompensar justo lo que  no queremos. También aquí hemos de colocarnos en el lugar del niño.

Veamos, para entenderlo, una parábola:

"Un pescador estaba con su bote en el río cuando le llamó la  atención ver pasar una serpiente con una rana en la boca. Apenado por la rana, agarró a la serpiente y con sumo cuidado le retiró la rana, que aún vivía. La rana quedó feliz, pero la serpiente temblaba de miedo. El pescador, apenado también por la serpiente,  le dio un poco de su comida y vertió un poco de vino en su boca.  Ahora todo el mundo parecía feliz: la rana, por su salvación; la serpiente por su alimento; el pescador por su buena obra. Al cabo de un rato, el pescador oyó unos golpes en la parte trasera de  la barca: acudió allí y vio a la serpiente sonriente... con dos ranas en la boca".

El pescador creía recompensar la generosidad de la serpiente y esperaba que aprendiese a no cazar ranas; la serpiente creía que lo que le recompensaban era la entrega de ranas y que, por lo tanto, debía cazar cuantas más ranas mejor. Esta idea central "¿qué debemos recompensar?" es la que hemos de trasladar a la forma de manejar la conducta de el niño.

Se trata, pues, de dar atención, afecto y elogios ante aquéllas conductas de el niño que nos interese que se reproduzcan. Por una parte, podemos elogiar aquéllas que se produzcan espontáneamente. Por otra parte, podemos favorecer la presentación de has conductas, con un correcto asesoramiento. Sea como sea, en el momento en que el niño intente actuar correctamente, ya hemos de empezar a elogiar. Apenas lo haga bien, hemos de insistir en nuestras conductas de recompensa.

Algunos padres se preguntan (y nos preguntan) si tal tipo de  método no puede ser considerada una manipulación de sus hijos... algo así como un "chantaje", o como un soborno. No es así. Un chantaje sería una amenaza de castigo a cambio de hacer o no hacer determinada acción. Un soborno implica la promesa de una recompensa a cambio de realizar una acción no ética. La recompensa de las acciones positivas de los hijos, mediante el elogio o la atención, no puede ser considerada ninguna de esas dos cosas.

Por otra parte, manipulación... siempre hay. Todos vivimos "manipulados" de una u otra forma: trabajamos porque obtenemos una recompensa material, cumplimos algunas leyes simplemente para evitar sanciones, etc. ¿No estamos sometidos a las "manipulaciones" de la publicidad, o de la televisión? Desengañémonos: educar a los hijos no es manipularlos. Es dotarlos de las pautas de conducta necesarias para que se desenvuelvan positivamente en la  vida. Lo ético o antiético serán las normas que les inculquemos. No el hacerlo mediante técnicas de elogio.




Autor:  Dr. Joan Romeun i Bes
Fuente: http://www.drromeu.net/edu.htm

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